Scioli, en los zapatos de McCain

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Scioli, en los zapatos de McCain

Hugo Alconada Mon

Aquel candidato digno era el republicano John McCain, héroe de la Guerra de Vietnam, donde fue prisionero en el “Hanoi Hilton” y torturado durante años. Cuando tuvo la oportunidad de regresar a casa, se negó porque había compañeros de armas que habían llegado a esa prisión antes que él y, por tanto, sostuvo que también debían ser liberados antes que él.

¿Su rival? El demócrata Barack Obama, al que una ola de rumores buscaba enlodar con que no era estadounidense, que era árabe, que era musulmán y hasta jugaban con su apellido y el nombre del líder de Al-Qaeda, Osama ben Laden.

Pero McCain detuvo a los propios y compitió de manera digna, centrado en los asuntos públicos más relevantes para su país: Irak, Afganistán, Guantánamo, la economía estadounidense y mucho más. Y cerca estuvo de ganar hasta que el colapso de Wall Street evaporó sus chances.

Ahora y acá, Daniel Scioli tiene la oportunidad de competir con dignidad y acaso ganar la presidencia. O de hundirse en el fango y acaso ganar la presidencia. O puede perder, pero perder de manera digna o indigna. De él depende.

Scioli puede tolerar -o incluso alentar- la campaña del miedo, del ajuste, de los 90, de la desestabilización, de la Alianza. O puede marcar que su senda es distinta. Y demostrar, en los hechos, que no es más de lo mismo. Que no coincide con las prácticas que tanto desprestigiaron a la clase política durante la última década.

¿Puede funcionar la campaña del miedo y del desprestigio? Por supuesto que sí. El propio McCain lo confirmó en carne propia ocho años antes de enfrentar a Obama. Lideraba las primarias republicanas en 2000 contra George W. Bush hasta que en Carolina del Sur afrontó lo peor de lo peor -con rumores infundados sobre él, su esposa, una hija que había adoptado y hasta sobre su paso por Vietnam- y perdió la candidatura presidencial por el Partido Republicano. El resto, con Bush, es historia.

Incluso si no quiere hacerlo por altruismo, Scioli puede aprovechar ahora la oportunidad por puro cinismo. Porque puede frenar a los sembradores del miedo y, en ese mismo instante, enviarles su mensaje de diferenciación -tácito y explícito- a los votantes.

Puede abrir, además, la puerta para llevar esta campaña a otro nivel y plantear su visión concreta sobre la economía, la educación pública, la lucha contra la corrupción y el narcotráfico, sus planes para la Argentina en el Mercosur y el resto del mundo, y tanto más.

En aquel encuentro de 2008 con sus seguidores -y a la luz de lo que él mismo había sufrido en 2000 y no deseaba para Obama y su familia-, McCain optó por marcar límites. “Admiro al senador Obama y sus logros. Lo respetaré y?”, llegó a decir antes de los abucheos de sus propios seguidores. Pero insistió: “Quiero que todos sean respetuosos y asegurémonos de que lo seremos. Porque ésa es la forma en que la política debería practicarse en Estados Unidos”. Y cosechó aplausos, tibios.

McCain tampoco era ingenuo y llevaba décadas en pos de la Casa Blanca. Por eso añadió de inmediato que su campaña podía incluir “ferocidad”, pero siendo también “respetuosa”. ¿Es posible? Sí, se puede ser feroz en la búsqueda del triunfo, pero sin romper reglas ni rivales, como los partidos del Mundial de rugby -en otro ámbito, con ambiciones enormes también- demostraron que es posible.

Ahora Scioli tiene su disyuntiva. Y su oportunidad.

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