La Vuelta de Obligado: un mito y tres historias

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Dónde estuvo el verdadero triunfo de la Vuelta de Obligado.

Autor: Luis Alberto Romero – Aunque el feriado de la Vuelta de Obligado, establecido con pompa en 2010, pasó desapercibido este año, sigue presente en el calendario oficial, celebrando el mito de una victoria inexistente.

Este ícono, clásico del nacionalismo y el peronismo engarza en el “relato” kirchnerista, que hoy es la única visión de la historia argentina realmente vigente, fundamentando una visión del país que combina el aislacionismo con la desconfianza hacia el mundo exterior.
Es hora de remover este relato, recordar los datos puros y, sobre todo, mostrar que sobre ellos pueden construirse distintas interpretaciones, cada una con su interés y su cuota de razonabilidad.
Veamos los hechos. Obligado fue una derrota militar. Murieron siete soldados ingleses y doscientos porteños. Los buques de la escuadra británica cortaron las cadenas que bloqueaban el Paraná y llegaron a Corrientes. Los ingleses entendieron que los beneficios obtenidos no justificaron los costos pagados, y no reincidieron. Sobre estos hechos pueden contarse al menos tres historias diferentes de la mítica oficial.
Veamos cómo la contaban los correntinos. Enfrentados con Rosas, defendieron tenazmente su soberanía y su derecho a comerciar libremente por el Paraná. Celebraron el resultado de Obligado y recibieron cordialmente a los ingleses. Los hombres admiraron los novedosos buques de vapor, mientras las mujeres hicieron sociabilidad con los oficiales británicos. Todos se divirtieron mucho.
Para ellos, lo que estaba en juego era la libre navegación de los ríos -una novedad jurídica por entonces- y los términos de un pacto federal, aún no definido, en el que las provincias pudieran balancear la preponderancia porteña.
Lograron esto en el tratado de San Nicolás y en la Constitución de 1853, que estableció taxativamente la libre navegación de los ríos interiores. También sentó las bases de un federalismo que, a la larga, no se sostuvo. Para quienes hoy se preocupan por los problemas del federalismo, ésta es una versión plausible y útil.
La visión de Rosas y de los porteños era otra. Desde la creación de la provincia en 1820, Buenos Aires prosperó mucho, debido a su puerto, que dominaba los ríos interiores, su próspera ganadería y su estrecha relación comercial con Gran Bretaña.
Nadie veía en ella ni un perjuicio ni una amenaza a la soberanía. Distinta era la cuestión política, dominada por los violentos conflictos de la Cuenca del Plata. Allí se mezclaban las provincias litorales, la Banda Oriental, Paraguay -cuya soberanía no era reconocida por Rosas-, los unitarios, los federales y los franceses, que se metieron en las peleas para hacerse un lugar en el comercio rioplatense. Los ingleses, que ya lo dominaban, fueron más prudentes.
En 1845, por circunstancias muy específicas, los ingleses rompieron con Rosas, se unieron a los franceses y en 1848 su flota avanzó por el Paraná. Al intentar, infructuosamente, frenarlos con las cadenas, Rosas defendió su derecho a controlar los ríos. También defendió una soberanía política que por entonces -cuando la Argentina era solo un proyecto- era mucho más porteña que nacional.
En la perspectiva porteña, es posible trazar una línea que une a 1820 con Rosas, Obligado y la revolución del 11 de setiembre de 1852, cuando antiguos unitarios y federales porteños se pusieron de acuerdo para separarse de la Confederación y defender los privilegios amenazados.
En ese momento hubo quien propuso fundar en Buenos Aires un estado soberano, una idea que inspiró luego al Partido Autonomista de Adolfo Alsina. Finalmente, en 1880, la provincia se levantó contra un Estado nacional que, con su victoria, acabó con esta hipotética deriva de la historia.
Esta alternativa existió, como también existió la de un federalismo más sustancial. Hoy nadie la reivindica, pues va contra todos los mitos del origen de la nación. Pero no deja de ser una versión razonable.
Queda una tercera alternativa, que no se centra tanto en la luctuosa jornada de Obligado sino en las negociaciones de los tres años siguientes, poco heroicas pero más productivas.
Luego de 1848, un nuevo gobierno inglés decidió cerrar este conflicto y negociar con Rosas. El Restaurador, obstinado y cazurro, defendió con intransigencia las prerrogativas porteñas, y finalmente impuso sus condiciones.
No fue un triunfo duradero -en la historia todo pasa- pues apenas un año después, derrotado en Caseros, el supuesto campeón del antiimperialismo decidió radicarse en Gran Bretaña, donde vivió como un granjero.
En lugar de una gran victoria militar, se trató de diplomacia eficaz, de defensa pacifica de los derechos y, a la larga, de un éxito. Para quienes construyen estas líneas históricas, la narrativa heroica de Obligado conduce en realidad a otra acción heroica tan luctuosa como inútil: la invasión a las Islas Malvinas, con sus desastrosas consecuencias.
En cambio, el Rosas negociador de 1850 fue el precedente de los gobiernos del siglo XIX y XX, que hicieron la guerra cuando podían ganarla rápidamente, pero sobre todo, resolvieron pacientemente los conflictos fronterizos y reclamaron, con creciente legitimidad, por los derechos sobre las Malvinas. Podemos preguntarnos si esa sostenida alegación argentina, unida a una política de buena vecindad con los isleños, no habría dado sus frutos, de no haber ocurrido la malhadada invasión.
Estas son tres historias que pueden construirse en torno del episodio de Obligado. Respecto de la historia oficial, tienen una superioridad epistemológica: no se fundan en un mito sino en un hecho comprobado. Tienen otra superioridad, de tipo moral: no sustentan la traumática perspectiva soberbia y paranoica de la versión que hoy es oficial.
Mientras ésta es intransigente e impermeable a la razón, las otras tres abren la discusión y muestran cómo hay distintos puntos de vista e interpretaciones aceptables sobre el pasado, sobre las que puede darse una conversación, una discusión y un desarrollo que, probablemente, a la larga las integre o las supere.
Es una manera de entender la historia, crítica, plural y abierta, que se corresponde adecuadamente con la convivencia política democrática que muchos queremos construir. Ojalá avancemos en este camino.
Publicado en Los Andes el 10 de diciembre de 2017.
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